Hurlingham de ayer: Venta de la quinta Le Bretón

La casa tenía Ascensor, la cocina, artefactos sanitarios y pisos eran originarios de Inglaterra.

La publicidad del loteo realizado en 1961 describía la propiedad donde vivió el diplomático, ministro y legislador.

La silueta descontracturada de una pareja dispuesta para la práctica de deportes recreativos, más el perfil de unos vagones de tren que sugieren una conexión ágil con la ciudad, sintetizan el espíritu con el que se ofrecieron los lotes y el chalet de la quinta Le Breton. El folleto que se muestra en estas páginas anuciaba: “1961. Por división de condominio, 21 lotes con frentes de 15 metros y chalet. Remate, Domingo 11 de junio a las 15.30 allí”. La venta fue realizada en común por Obligado y Cía., de Capital Federal, y Pini Spivak de Eduardo VII (hoy Jauretche) 1171, entre Ricchieri y Jorge Newbery, de Hurlingham.

«…La arboleda hacía las delicias de los animales del zoológico privado del diplomático…»

Continúa la descripción del impreso: Detalles y comodidades. El chalet con teléfono y ascensor consta de: planta baja, amplio hall central, 2 grandiosas salas, escritorio, cocina, office, dormitorio, baño, leñera, depósito, despenza, sótano-bodega, toilette, lavadero, jardín de invierno y gran galería. Entrepiso: 4 dormitorios, hall y baño. Planta alta: 5 grandes dormitorios, 3 baños, 1 toilette, pieza con caja de seguridad y terraza.

Pinos de parquet de roble norteamericano y pinotea. Artefáctos sanitarios y pisos de baños, cocina, hall y pasillos originarios de Inglaterra. Hay 8 estufas hogar tipo señorial. techos de tejas importadas. Todo en buen estado de conservación y perfectamente habitable.

Base de venta del chalet: $ 1.200.000 (El valor del dólar en junio de 1961, según indican archivos de cotización histórica, era de $ 82,60).

El folleto del loteo pertenece a José Luis Torres y llegó a nuestra revista por la amable gestión de Carlos Cibello.

Venta de la quinta Le Bretón
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Torres recuerda cuando en 1957 iban a llevar pedidos de la carnicería que su padre tenía en Bolívar entre Vergara y Garibaldi. Ingresaban a la quinta por un portón que había sobre Eduardo VII a unos metros después de la esquina yendo de Newbery hacia Güemes. A poco de entrar debían rodear la enorme pajarera que albergaba una valiosa colección de aves.

Sobre esas aves y la relación que unía al propietario de la quinta con el pueblo, escribió Gladys Coviello en la edición nº42 de nuestra revista: Los antepasados de Le Breton provenían de Britania, ingleses que se refugiaron en Francia. Don Tomás tenía lazos ancestrales con la colectividad anglo-argentina radicada en Hurlingham, que lo visitaba cuando ya no le era fácil desplazarse caminando.

La arboleda hacía las delicias de los animales del zoológico privado del diplomático. Imagino en los jardines, el deambular pacífico de las criaturas exóticas del distinguido coleccionista. Recuerda Peter Dickinson que cuando tenía seis o siete años, concurría a deleitarse con los habitantes de ese zoo.

El niño prefería conversar con dos enormes aves de picos corvos y plumas multicolores. Una se llamaba Pablo y la otra Pedro. Los papagayos mantenían el diálogo hasta que se cansaban. Levantaban una pata, giraban y le daban la espalda. Era la manera de dar por finalizada la entrevista. Dos o tres años después -y aún Dickinson recuerda con nostalgia- en una visita al zoológico de Palermo, cuando se acercó a un jaulón lo suficientemente grande para comodidad de las aves, reconocieron al niño y lo llamaron por su nombre: ¡Pedro! y repitieron varias veces ¡Pedro, Pedro, Pablo!”. hcxc

Agradecemos a José Luis Torres y Daniel Cibello

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